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03:38 am  24/07/2017

La carrera contrarreloj para salvar a la vaquita marina

El planeta se va quedando sin especies. El depredador mas irracional y sanguinario: El humano.
» Sólo quedan 30 especímenes del cetáceo más pequeño del mundo, en parte debido a la demanda de un pez que comparte su hábitat. Los expertos proponen mantenerlas en cautiverio para prevenir su extinción, pero podría no ser suficiente.

En las aguas poco profundas del golfo de California nada una marsopa que muy pocos han visto y cuya presencia ha disminuido tan rápido que está en riesgo.

La Phocoena sinus, mejor conocida como vaquita marina, es el cetáceo más pequeño del mundo, una marsopa miniatura con rasgos caricaturescos y marcas oscuras alrededor de los ojos. La especie vive solo en las aguas fértiles del extremo norte del golfo mexicano.

El tamaño de la población de esta especie siempre ha sido pequeño; sin embargo, ahora la voraz demanda china por el pez totoaba, con el que la vaquita marina comparte su único hábitat, ha llevado a esta pequeña marsopa al borde de la extinción.

Apenas quedan unas treinta vaquitas marinas, según un estimado de noviembre basado en el monitoreo acústico de ecolocación. La mitad de las vaquitas marinas que se contaron hace un año han desaparecido, de acuerdo con el Comité Internacional para la Recuperación de la Vaquita (CIRVA).

Esta tragedia no ha pasado desapercibida. La vaquita marina ha ido desapareciendo ante la desesperación de los ambientalistas que aconsejan al gobierno mexicano acerca de cómo salvarlas. Todos los recursos aplicados, incluida la protección brindada por la Infantería de Marina de México, no han logrado combatir el comercio ilegal de vida salvaje.

Si continuamos por este mismo camino, en dos años ya no tendremos vaquitas marinas”, aseveró Bárbara Taylor, experta en mamíferos marinos en la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica (NOAA, por su sigla en inglés).

Las vaquitas marinas son capturadas de manera accidental, quedan atrapadas y se ahogan entre las cortinas de las redes de agallas puestas de manera ilegal para atrapar a la totoaba. La vejiga de este pez se seca y se envía de contrabando a China, donde comensales adinerados pagan miles de dólares por el manjar, pues creen que posee poderes medicinales.

 Vaquitas marinas en el Golfo de California. No quedan más de 30 especímenes, según un estimado de noviembre basado en el monitoreo de sus sonidos de ecolocación. Credit Paula Olson/NOAA

Con el objetivo de satisfacer este apetito, desde 2011 los cazadores furtivos de totoaba han exterminado el 90 por ciento de la población de vaquitas marinas, de acuerdo con el programa de monitoreo acústico que dirige Armando Jaramillo Legorreta en el Instituto Nacional de Ecología y Cambio Climático del gobierno mexicano (INECC).

Puesto que quedan tan pocas vaquitas marinas, los expertos que asesoran al gobierno mexicano han propuesto capturar varios especímenes y colocarlos en un corral marino, como una manera de conservar a la especie hasta que se erradique la amenaza a su hábitat. Esta es una medida de último recurso a la que los ecologistas habían esperado no tener que recurrir nunca.

“Siempre nos opusimos al cautiverio”, declaró Lorenzo Rojas Bracho, experto en mamíferos marinos en INECC y presidente del grupo asesor CIRVA. No obstante, nadie esperaba que la población disminuyera tan rápidamente.

“Conlleva riesgos”, apuntó el Dr. Bracho sobre el plan de captura, “pero son menores en comparación con dejarlas con la pesca como está”.

El plan involucraría delfines entrenados que son parte de la Marina de Estados Unidos, los cuales localizarían a las vaquitas marinas para capturarlas, transferirlas a un estanque temporal y, después, colocarlas en un corral marino que sería construido dentro de su hábitat a lo largo de la costa del golfo de California. La mayoría de las vaquitas marinas permanecerían en libertad.

Sin embargo, abundan las preguntas sin respuesta. “No sabemos si las encontrarán”, afirmó la Dra. Taylor en referencia a los delfines. “No sabemos si podremos capturarlas. No sabemos cómo reaccionarán”.

“Si en cualquiera de las etapas el resultado es negativo, será básicamente el fin” del plan de captura, agregó. Aun en el mejor de los escenarios, es poco probable que la reproducción en cautiverio restaure la población. En promedio, una vaquita marina hembra da a luz a una cría cada dos años.

Si la propuesta triunfa, esta especie se uniría a otras en peligro de extinción —como el cóndor de California y el tamarino león dorado en Brasil— que están siendo monitoreadas de cerca en alguna condición distinta a la de su ambiente natural. Esta sería la primera vez que se llevan a cabo actividades de este tipo en favor de un mamífero marino.

 Desde 2011, los cazadores furtivos han exterminado al 90 por ciento de la población de vaquitas marinas, de acuerdo con el programa de monitoreo acústico del Instituto Nacional de Ecología y Cambio Climático del gobierno mexicano. Credit Flip Nicklin/Minden Pictures

Se puede salvar una población muy pequeña, aunque “se debe pensar con creatividad”, explicó Samuel Turvey, investigador de la Sociedad Zoológica de Londres que estudia el manejo de conservación de especies bajo alta amenaza.

Un plan de manejo de conservación diseñado con la finalidad de que los animales eventualmente puedan regresar a su hábitat “no es una solución permanente”, añadió. “Es un recurso provisional de emergencia, con una estrategia de salida”.

Tampoco sería un arreglo rápido. “Recuperar especies en estos niveles tan catastróficamente bajos requiere llevar a cabo grandes esfuerzos de manera continua durante décadas”, afirmó Richard Young, jefe de ciencia de conservación del fideicomiso Durrel para la conservación de la vida salvaje.

El Dr. Turvey tiene experiencia en estos asuntos: fue testigo de la primera extinción de cetáceos causada por el ser humano, el delfín chino de río. Al igual que la vaquita marina, una cantidad reducida del baiji, como era más comúnmente conocido este delfín, ocupaba un hábitat limitado que fue diezmado debido a la captura incidental por la actividad pesquera local.

Durante una década, los investigadores discutieron si mudar a los baijis a una reserva seminatural como medida de conservación a corto plazo. Sin embargo, cuando el Dr. Turvey y el resto de los investigadores iniciaron la expedición en el río Yangtsé en 2006 para buscar a los especímenes, no encontraron ninguno.

El baiji “solo dio de qué hablar una vez que había desaparecido. Fue muy deprimente y perturbador”, expresó.

Es una experiencia que la Dra. Taylor, quien también estaba en aquella expedición, no desea repetir. “Es idealista pensar que vamos a provocar cambios significativos en la actividad pesquera y la aplicación de la ley en la vida silvestre a tiempo para salvar a las vaquitas marinas”, aseveró.

En todo caso, dichos esfuerzos han alcanzado un punto bajo.

Hace dos años, el gobierno mexicano impuso una suspensión de dos años a todas las redes de enmalle a lo largo de los 8000 kilómetros cuadrados que abarca el hábitat de la vaquita marina y envió a la Marina para hacer valer dicha medida. Con el objetivo de apoyar a las comunidades de la parte superior del golfo que dependen de la pesca y los camarones, el gobierno asignó 74 millones de dólares como compensación durante la suspensión.

 De izquierda a derecha, Gina Coll, Guiga Pira, Thomas Le Coz y Carrie Cervantes a bordo del Sam Simon, tripulado por la Sociedad de Conservación del Pastor Marino. Credit Tara Pixley para The New York Times

La esperanza era que el ejército detuviera el comercio de totoaba y que los dos años fueran suficientes para desarrollar una red de arrastre que fuera segura para la vaquita marina y sustituyera las redes de enmalle camaroneras. Aunque, incluso antes de que el comercio de la totoaba surgiera, las redes de enmalle legales ya habían mermado la población de la vaquita marina.

Pero los pescadores locales argumentan que las capturas con las nuevas redes han sido insuficientes para mantenerse, y las autoridades simpatizan. “Mientras no haya alternativas para las prácticas pesqueras, nadie dejará sus redes de enmalle”, anunció el Dr. Rojas Bracho.

La prometida aplicación de la ley también ha decaído. Fue evidente este mes a bordo del Sam Simon, un bote de 57 metros para buscar cazadores furtivos operado por la Sociedad de Conservación Pastor del Mar, una organización ambientalista.

Como parte de un acuerdo con la Marina mexicana, esta organización patrulla el hábitat de la vaquita marina, saca del agua redes ilegales y busca cazadores furtivos. “Vemos actividades ilegales casi todos los días”, aseveró Oona Layolle, líder de la campaña, llamada Operación Milagro.

Una tarde de febrero, cerca de las 16:00, un barco pesquero se detuvo a solo unos metros del Sam Simon con cuatro hombres guiados por un dispositivo de GPS de mano. Uno de los hombres sumergió un gancho en el agua, buscando una red de enmalle que habían escondido ahí.

El Sam Simon envió un dron por encima del pequeño bote, que se marchó a toda velocidad, y encontró seis hombres a bordo, quienes, antes de irse, lanzaron objetos al dron. A pesar de que se hizo un llamado a la Marina mexicana, nadie acudió.

Según los ecologistas, aunque se realizan arrestos el proceso judicial es muy descuidado y no se logran condenas por delitos graves.

El año pasado, algunas patrullas de la Marina lograron ahuyentar durante el día a los cazadores furtivos de la totoaba, que se veían forzados a tirar sus redes de noche. No obstante, este año los cazadores furtivos trabajan abiertamente a plena luz del día, algunos con pasamontañas, aparentemente sin temor de las desorganizadas patrullas gubernamentales. Algunos de estos cazadores furtivos incluso publican fotos de sus armas en Facebook.

 Pira pilotea un dron para monitorear un bote pesquero cercano. La Sociedad de Conservación Pastor del Mar patrulla el hábitat de la vaquita en busca de redes ilegales y cazadores furtivos. Credit Tara Pixley para The New York Times

Al mismo tiempo que el Sam Simon despliega el dron, cuatro botes pertenecientes a la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente se encuentran estacionados en una calle arriba del muelle, con los motores descompuestos o simplemente sin usar, debido al poco abastecimiento de combustible.

Las redes tienen una historia similar. Durante un periodo de aproximadamente diez semanas en la primavera de 2016, Operación Milagro extrajo de las aguas 42 redes de totoaba. En otoño, una amplia inspección patrocinada por el gobierno logró encontrar 36 redes, 28 de las cuales estaban en uso.

A mediados de diciembre, Operación Milagro reanudó su búsqueda y en nueve semanas encontró otras 56 redes de totoaba. Casi todas eran nuevas y algunas habían sido puestas en los mismos lugares de donde los operativos de gobierno las habían retirado apenas unas semanas antes.

Durante el patrullaje nocturno a bordo del Sam Simon la semana del 20 de febrero, la tripulación sacó otra red de totoaba de malla ancha azul; las boyas rojas sin ningún deterioro evidenciaron que la red era nueva.

“Esta situación es tan grave que debemos tomar medidas drásticas”, opinó Layolle, líder de la campaña. “Son momentos de desesperación”.

El secretario de Medio Ambiente y Recursos Naturales de México, Rafael Pacchiano Alemán, prometió enviar este mes 45 oficiales de la policía federal a patrullar las playas y a desmantelar campamentos de cazadores furtivos.

Sin embargo, no dio respuesta a la principal recomendación de los ecologistas: la prohibición permanente de redes de enmalle. La temporada de pesca legal de totoaba ya empezó, lo que significa que habrá docenas de pequeños botes sobre el agua que servirán como escondite.

A pesar de la promesa que hizo el gobierno del presidente Enrique Peña Nieto el año pasado, y refrendada a principios del mes, el gobierno no ha tomado medias concernientes a la prohibición de la red de enmalle. Los ambientalistas advierten que, sin esto, no hay manera de empezar a salvar la vaquita marina.

“Si no puedes deshacerte de las amenazas, la población seguirá disminuyendo”, afirmó el Dr. Turvey. “No tenemos tiempo para ser complacientes”.

Por Elisabeth Malkin / nytimes.com

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